Hace meses que no compro en Zara. Y me siento raro por ello. ¿Será que ya no me gusta la ropa? ¿Será que me he vuelto menos consumista? ¿O es que necesito probar estilos y marcas diferentes? Quizás es una mezcla de todo eso, aunque, para ser honestos, no debería sentirme extraño por no entrar en un Zara, sino más bien por hacerme todas estas preguntas.

Hace unas dos semanas, si no recuerdo mal, iba andando hacia el centro de Coruña por los jardines de Méndez Núñez cuando comprobé que bastante gente se paraba a mirar al otro lado de la calle. Todos se fijaban en un edificio con amplias galerías, al más estilo coruñés. Del interior salía una gran luminosidad que atraía poderosamente la atención y, de una forma muy disimulada, se podían leer varios rótulos de Zara en las puertas. Entonces me acordé que, en los medios de comunicación, había leído algo sobre la inminente apertura de una gran tienda de la cadena de moda gallega en la ciudad herculina. Debía de ser esa.

Con el paso de los días fui cayendo en la cuenta de que esa apertura se trataba de todo un evento. Y, una vez más, toda la publicidad venía del murmullo, del run-run de la gente. Parecía que una vez más Amancio Ortega, cofundador y dueño de Inditex, había poseído a todo el mundo para que se corriera la voz. Y, aunque no soy muy dado a hacer caso a los estrenos (de tiendas y series televisivas) de los que habla todo el mundo, esta vez me convencí para echar un vistazo a esta mole comercial en el día de su inauguración.

El hecho mismo de entrar en la tienda me agobió. Parecía que media Coruña se había guasapeado para verse allí. En algunos casos se podía ver a familias enteras, con los abuelos haciendo compañía. La fauna era, ante todo, muy variada. Y eso es bueno, es síntoma de que es una ciudad para tod@s.

En ocasiones la mejor forma de que te encuentren es escondiéndote y eso lo comprobé al entrar en la megatienda. ¿Qué pasará por la cabeza de Ortega ante un fenómeno así?

Pero mi interés era intentar ver por qué nos atrae tanto la apertura de una tienda. Una de las cosas que me asustó de verdad fue ver extranjeros visitando la flagship como si se encontraran en la Catedral de Santiago. ¿En serio? ¿Tan cavernícola soy? De camino a casa me encontré con unos mexicanos que también habían venido a verla y se llevaron unos abrigos. No way. Espero que todos ellos tengan alguna relación con el mundo de la moda.

Interior de la megatienda de Zara en A Coruña
Interior de la megatienda de Zara en A Coruña

En ocasiones creo que la mejor forma de que te encuentren es escondiéndote, y eso lo comprobé al entrar en la megatienda (o flagship store) de Zara. Tengo cierta curiosidad por saber qué pasará por la cabeza de Ortega ante un fenómeno como este. Monta su tienda de batas de señora, aprende del negocio, lo transforma poco a poco, hace lo que no hace nadie y ¡pum!, empieza a crear un imperio. Y luego todo el mundo le admira, le alaba, le teme, no saben muy bien cómo tratarle. Y él escondido, viéndolo todo como uno más, porque ni tan siquiera le reconocen en sus tiendas.

Sin embargo, en este artículo no quiero ser el típico topicazo. Esta vez lo sentí de verdad: cuando subía las escaleras mecánicas contemplando todo aquel ecosistema de moda, modernas, pititas, hipsters, pijos y caballeros con sus señoras pensé: “joder, qué bien se lo ha montado Amancio”. Ahora echa la vista atrás y pensará: yo no era nadie, todos estos eran mucho más que yo hace mucho tiempo…y ahora vienen corriendo a ver lo que he montado en los números 3 y 5 de la calle Compostela. Y también pensará esto otro: cuando me muera volveré a ser el que era, porque ahora es muy difícil pasear el perro por Zalaeta sin que te identifiquen. Pero, ¿qué será de lo que he construido? ¿Seguirá creciendo? ¿Cambiará mucho? ¿Se irá a pique? ¿Y qué pasará con esta tierra de adopción? ¿Crearán otro Inditex, más de uno o volverán a su resignación y pesimismo crónicos?

Cuando subía las escaleras mecánicas contemplando aquel ecosistema pensé: “joder, qué bien se lo ha montado Amancio”

Un grupo de jóvenes de unos 15 o 16 años estaban de visita en la tienda y se hacían fotos y selfies mientras uno de ellos se comportaba como un guía turístico. A algunos les parecerá un absurdo pero ir a una tienda con la actitud del que va a un museo no es algo tan extraño si esa tienda es un símbolo, como durante siglos lo fue (y lo sigue siendo) la Torre de Hércules. Ahora es un monumento para nosotros, pero su propósito real siempre fue el de guiar a los barcos. E Inditex se ha convertido en un faro para sí mismo y para cientos de empresas proveedoras que han crecido de forma espectacular de su mano. Es un cambio social, no solo económico, que se simboliza, por ejemplo, en la apertura de esta tienda. Y sí, ya me estoy abstrayendo de más…

Cuando me fui de allí quise comprobar qué se sentía al alejarse de aquel run-run de gente y comprobé que todo seguía igual, quizás con menos glamour, pero igual. Es posible que los grandes símbolos y las épocas doradas nos hagan sentir un orgullo que anima más a batallar y a emprender, pero no puedo dejar de pensar en ese creador que se queda observándolo todo tras bambalinas, sin ningún afán de entrar en el juego. ¿Es esto lo que deseó o soñó si es que alguna vez soñó algo? ¿O tiene tanto miedo a los símbolos que prefiere no alimentarlos?

Una cosa está clara: ha demostrado que aún hay espacio para las sorpresas y para tener una flagship donde el resto del mundo piensa que aún seguimos desplazándonos con el carro de bueyes. Ese silencio y disimulo con el que se construye todo esto y que atrae a los guiris es una estrategia que nos seduce de una forma extraña. “No hables de mí para que al final me tengas todo el día en la boca”. Y yo, sin comprar en Zara desde hace meses, desencantado con su ropa o su escenografía, he vuelto a caer, primero, entrando en la tienda y, segundo, escribiendo este artículo que no me convence mucho, si te soy sincero. Quería escribir algo más profundo y no sé si he escrito más de lo mismo.

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