Intento dedicar los sábados a descansar la cabeza. Pero los aparentes momento de ocio, como el de ayer sábado, 10 de diciembre de 2016, a veces resultan ser solo eso: aparentes. Mi amigo José me llevó a ver la exposición de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela sobre Camilo José Cela, “Un libro y toda la soledad”, que al parecer es la más ambiciosa hecha hasta la fecha. Ambiciosa no sé, pero interesante es un rato largo, sobre todo si tienes la oportunidad de interpretarla a través de la visita guiada.

El caso es que, tras conocer un poco más a ese gran desconocido que para mí siempre ha sido Cela, la cabeza ha comenzado a dar vueltas de nuevo. Y es que, al igual que él hizo en su momento, me gustaría encerrarme ocho meses en un cubículo para escribir “Oficio de Tinieblas 5”. Lo comentaba con José: ¿te imaginas encerrarte ocho meses para escribir algo, lo que fuera, sin saber si tendría éxito o si te daría de comer? También es cierto que, cuando en los años 70 Cela se dedicó a tejer esta obra experimental radical, su abultada cuenta corriente le permitía disponer de una tranquilidad de ese calibre, que no es, ni mucho menos, mi caso. Pero ya antes de ser rico se aventuró con otras obras y la jugada le salió bien, así que tampoco voy a desmerecer su trayectoria y mérito. Sobre todo viniendo de alguien que pasa con semejante facilidad de hablar de su última obra literaria a dar consejos sobre ladillicidas y el arte de tirarse pedos.

El ejemplo de Cela me hizo pensar sobre lo que sería entregarse tan de lleno a un proyecto y dedicarle todas las ganas y la ilusión desde que aparece en mi cabeza hasta que lo completo y ve la luz. Y cuando digo “dedicarle todas las ganas y la ilusión” desde principio a fin me refiero a que sea una apuesta verdadera y no lo que se hace hoy en día en cualquier trabajo o proyecto: un churro hecho con prisas y con una metodología muy cuestionable y poco profesional. El tiempo monetario manda. Y la precariedad, en un mundo inmensamente rico (más que en la época de Cela), aprieta.

El modelo Facebook

El ejemplo de Cela me recuerda que los recursos materiales no son tan importantes siempre y cuando haya voluntad. Él nunca acabó ninguna carrera (de varias que comenzó) y fue abriéndose un hueco en el elitista mundo literario y cultural español a base de ingenio, genialidad y mucho trabajo. Sin embargo, el éxito, hoy en día, sigue el procedimiento de una startup: el objetivo es el éxito económico y social a corto plazo y solo basta con tener una hipótesis que, por el camino, hay que probar que sea lo más rentable posible, incluso si la idea original finalmente no tiene nada que ver con el resultado.

En mi opinión, esa metodología hace añicos la pasión con la que se cultiva un proyecto. Un ejemplo claro es Facebook. La red social creada por Mark Zuckerberg empezó como un chiste si se la compara con lo que es ahora. Un gigante que pretende ser gratis para todo el mundo, pero que vale 345.000 millones de dólares en el Nasdaq de Estados Unidos y que, trimestralmente, tiene que cumplir las expectativas de sus inversores, lo que le lleva a hacer auténticos desaguisados que no responden a su filosofía inicial. Ahora parece que Zuckerberg quiere convertir el mundo en un idilio de paz, pero ese no es su objetivo…y estoy seguro que ni él mismo sabe cuál es. Tendrá que esperar a la próxima junta de accionistas para saberlo y la ilusión le durará un trimestre, con suerte.

Cela cogía su mochila de montaña (que aún se conserva) y se lanzaba en un viaje de inspiración que todos deberíamos probar. ¿Cuántos momentos dedicamos a inspirarnos en nuestro trabajo? Creo que no es necesario que responda a esa pregunta…La inspiración es importante para no caer en errores del pasado. Es algo así como viajar al Museo de los Productos Fallidos de Michigan, un lugar al que poco emprendedores o expertos de marketing viajan por temor a enfrentarse a sus miedos. El afán por el éxito nos lleva siempre a escabullirnos de las lecciones del fracaso, incluso cuando son más necesarias.

No sé cómo serán los humanos del futuro. Por ahora, creo que nos parecemos cada vez más a una especie de cerebros a dos patas que nos guiamos con el razonamiento de una startup. Lo que importa es tener una hipótesis para satisfacer un deseo o un objetivo (material, casi siempre), y poco importa cómo lo hacemos durante el proceso. No se lleva hasta el final la pasión inicial. No existe una aventura de la que sale una obra digna de un Nobel. A priori, ocho meses de trabajo nos parecen un desperdicio, una suerte de frivolidad, aunque luego acabemos optando por una estrategia que consideramos más rápida y eficaz y que, con los atrasos, demoras y desaguisados posteriores, acaba por prolongarse más. Los tiempos y las personas cambian, pero creo que los fundamentos aún siguen siendo los mismos para conseguir que algo funcione: tener una meta, ilusión para iniciarla y trabajo para ejecutarla.

Las tinieblas siguen existiendo y solo se ve la luz enfrentándose a ellas. Incluso aunque sea encerrándose en un cubículo durante ocho meses. El glamour del éxito nunca se aprecia antes de alcanzarlo, ni tan siquiera si la hipótesis se traduce en éxito en el momento que dura un suspiro. La confianza en lo que creemos y nos ilusiona es lo que atrae el éxito con mayor fuerza y lo que ofrece más probabilidades de conseguirlos. La startup mental es una creación de Wall Street que solo sirve para pagar los pañales del retoño de Mark Zuckerberg.